OBJETOS  CON  HISTORIA

 

Vamos a ir presentando en esta página una serie de objetos de la vida cotidiana que se venían utilizando, en muchos casos, desde hace bastantes siglos y que, debido a los grandes cambios habidos en nuestra sociedad en las últimas décadas, han caído en desuso.   Recuperando la memoria de estos objetos queremos recuperar también la memoria de la forma de trabajar, de vivir y de ver el mundo de las personas que los utilizaban.

 

1 - El robo

2 - Las layas

3 - El brasero

4 - la picadora de carne

5- La carraca

1  El robo

 

- ¿Eso?  ¡Pero si no es mas que un cajón de madera viejo!

-Cuidado, un respeto, se trata de un robo y es un objeto con mucha alcurnia y, por su nombre, una gran proyección de futuro.

- ¿Estás de broma?

- Escucha, hombre de poca fe: 

 

Su utilidad en el pasado: medida de peso y volumen. En Navarra 11, 506 kg de trigo.

 

Su origen:  entra en España con la conquista árabe. Su nombre, robo o arroba viene del árabe ar-roub que significa una cuarta parte.

 

Su familia: dos hermanos más pequeños, el cuartal (una cuarta parte del robo) y el almute (una cuarta parte del cuartal; y tres primas en Navarra  (medidas agrarias de superficie): la robada (894,4560m2, terreno que se siembra con un robo de grano), la cuartalada y la almutada.

 

Robo o "arroba" en castellano, "at" en inglés, "arobas" en francés, "a bildu" (a envuelta) en euskera... y "ad" en latín.

 

Dado que este "ad" latino se utilizaba con mucha frecuencia en los documentos mercantiles en la edad media y que los pergaminos eran caros, los escribas lo reemplazaron por un solo carácter: @

 

De España se extiende por Europa y América, con el significado de precio unitario, y así se incluye en el teclado de las modernas máquinas de escribir. Y cuando, en tiempos más recientes, aparece el  E-mail o correo electrónico se adopta como su símbolo. ¡Símbolo de la modernidad y de la era digital!

 

Finalmente, en la justa y necesaria lucha por la igualdad entre hombres y mujeres y el rechazo a los aspectos machistas de la lengua castellana, la @ ha sido adoptada, por muchas personas sensibles a este problema, para combinar el género masculino y femenino en una sola grafía. ¡Si Abderramán III levantara la cabeza!

 

Esperamos que esta línea sobre nuestro primer Objeto con Historia os haya interesado a tod@s.

 

2  Las layas

Laya. Instrumento para labrar la tierra y revolverla, compuesta de dos piezas de hierro en forma de « h » (Del euskera “laia”, con sus derivados “laiatu” -layar- y “laiari” -layador-). 

 

(…) La laya se usó en el siglo XIX en la Ribera, y hasta los años 50 del siglo pasado en la Zona Media y la Montaña. En Navarra lo corriente es labrar con dos layas. El labrador, teniendo una laya en cada mano, las hinca en tierra, casi juntas y al mismo tiempo. Luego, sin soltarlas se pone en pie sobre la parte horizontal del hierro, como el que monta en zancos, y agachándose de golpe y “pateando” sobre las layas, las hunde en tierra profundamente. Hecho esto, y con un violento empuje hacia atrás del cuerpo, haciendo palanca, levanta y da vuelta a dos grandes tormos de tierra.  

                                                    (Del diccionario de José María Iribarren)

 

Se cree que las layas, dada su forma tan elemental, fueron utilizadas desde los inicios de la agricultura en nuestra zona, hace unos 6.000 años

 

La laya de la zona de Eslava ha, curiosamente, revivido en los últimos años, aunque no para arar la tierra, sino para una modalidad deportiva: las carreras de layas, que se organizan en varios pueblos navarros, como Puente la Reina y Artajona.

 

Finalmente, en este vídeo de los hermanos Caro Baroja, con jotica incluida, de 1970, podéis ver un buen ejemplo del manejo de las layas. ¡La cuadrilla de modorros  lleva más aire layando que la Valentina de la copla! Seguro que el clarete, la EPO local, tenía algo que ver con semejante derroche de energía.

 



 

 

3- El brasero

 

Con la llegada de la lluvia y el frío, especialmente del cierzo helador, la familia se refugiaba en la cocina al calor de los pucheros y del brasero, que consistía en un recipiente metálico en el que se depositaban las brasas procedentes de la cocinilla. Le acompañaban un soporte circular de madera y una rejilla protectora de alambre con forma de caperuza.

 

En la cocina, en las largas tardes del invierno, rezábamos el rosario, con la monotonía de las salvemarías interrumpida con frecuencia por los reniegos de la madre a nuestra falta de concentración y sus amenazas de dar una chuleta o un zartako a los reincidentes; escribíamos o dibujábamos en el vaho de los cristales de la ventana provocando carreras de gotas que se deslizaban veloces hacia abajo por la superficie lisa; y asábamos castañas y patatas en el brasero.

 

Otras veces el brasero se colocaba debajo de una mesa camilla rodeada de unas faldas que hacían que durara más tiempo el calorcico en las piernas. Era la ocasión ideal para largas partidas de cartas, del juego del veo veo, el parchís, la oca… Partidas a veces súbitamente interrumpidas por el movimiento brusco hacía atrás de alguno de los contertulios que había arrimado demasiado los pies a las brasas y se estaba quemando el dedo gordo. Todos nos reíamos mientras se extendía por la habitación el olor a caucho quemado. Aunque también había el picor de los sabañones, que no nos hacía tanta gracia.

 

El hogaril había sido sustituido por la cocina económica, o cocinilla; el brasero lo fue por las estufas de butano; las cartas, el parchís etc. por la televisión, el móvil y la PlayStation…

Recuerdos de un pasado no tan lejano que hemos querido rememorar con estas líneas.

 



 

4 - La picadora de carne

 

La aparición en invierno del aparato de la foto, la maquina picadora de carne, anunciaba una revolución de la vida familiar hasta hace unos pocos años. Durante dos días la cocina se llenaba de gente, de una intensa actividad y de algún nervio que otro: se estaba haciendo el mondongo.

 

La agitación había comenzado ya el día anterior con la matanza del cuto. Ahora estaba ya descuartizado y se estaba cortando la carne, limpiando a fondo los intestinos y preparando el resto de los ingredientes, como la sangre, la cebolla, las especias etc. para comenzar a hacer el embutido.

 

Todo dirigido y coordinado por la mondonguera, que solía ser una mujer mayor, lo cual tenía dos ventajas: la primera, su mayor experiencia en la materia, y, segundo, que ya no había el riesgo de que tuviera la regla, pues se creía que en ese caso se perdía el embutido.

 

En nuestro caso era una tía que, además de mondonguera, era también muy sandunguera. Apuesto a qué no sabéis, por ejemplo, por qué si cuando estás cortando cebolla te pones media parada encima de la cabeza evitas que te piquen y lloren los ojos. Cuando le preguntamos a ella por qué lo hacía nos respondió que era magia, y, por supuesto, nos lo creímos. Luego, de mayores ya no tanto, claro. Aunque, más tarde, aún con la duda de si se trataba de una broma o no, probamos el invento y ¡funciona! ¿Y cómo? Pues si queréis saberlo os lo tenéis que ganar, reflexionando al respecto, pues la respuesta es evidente, o leyendo este texto hasta el final.

 

Se comenzaba con las morcillas, para las que se utilizaba el intestino grueso, que se rellenaba cuidadosamente a mano con la cantidad precisa de la mezcla de la sangre del cuto, carne y arroz, este último en su punto de cocción primera, porque si en la segunda absorbía más agua, se hinchaba y reventaba la morcilla.  

 

A continuación, ya con la picadora, se hacía el chorizo, el embutido de mejor calidad, ya que se utilizaba la mejor carne. Había que dejarlo más tiempo secando, se comía sin pasarlo por la sartén, se sacaba solo para las visitas y había que andar bastante listo de crío para poder escapar a la vigilancia materna y birlar alguna rodaja que otra del plato de los invitados. Después venía la longaniza, de calidad intermedia, hecha con cabezada, magros y algo de tocino y que se podía comer tal cual o frita. Y finalmente la birica, pulmón en euskera, de calidad inferior, hecha con peor carne, los pulmones, el corazón y cortezas. Para la birica se solía utilizar también intestino de cordero o cabrito cuando no bastaba con los 20m del intestino delgado que tiene un cuto. Y al ser alimento más perecedero se comía antes que los otros, friéndola en la sartén.

 

Con la máquina picadora trabajaban 2 mujeres. La primera la alimentaba con una mano por la parte de arriba, mientras con la otra hacía girar lentamente la manivela. La segunda mujer metía todo el intestino, hasta toparse con su parte atada en el extremo final, en la parte más delgada de una especie de embudo, - a la manera de un preservativo, y que me perdonen las almas sensibles, pero no se me ocurre otro ejemplo mejor - que se acoplaba, por su parte ancha, a la máquina.  Después lo iba soltando con las manos suavemente a medida que este se iba llenando con el producto, ya picado, que salía de la máquina.  Tenía que tener cuidado de que no se llenase demasiado porque se podía romper, pero, al mismo tiempo, apretar bien la carne para que no entrase aire, pues al secarse pierde volumen.   Cuando se rompía el intestino se paraba la “cadena de montaje”, se cortaba a la altura del “pinchazo”, se ataban los dos cabos y se reanudaba la tarea.                                                                                                                                                                                                     

 

Tenía algo de fascinante ver la facilidad y la seguridad con las que las mujeres hacían su trabajo, y la diferencia visual y táctil entre la masa que entraba por un lado de la sencilla máquina y la que, con su reluciente y nueva consistencia, salía por el otro.

 Finalmente, con la excepción de la birica, que se consumía de seguido, los otros embutidos se ponían a secar colgando del techo de una habitación aireada. Eran las varadas, por la varas o trancas a las que se ataban.

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SOLUCION DEL ENIGMA

¡Qué no lo has sacado todavía! Pues lee: evitar que se te caiga la media cebolla de la cabeza te obliga a mantenerla erguida, lo cual acrecienta la distancia entre la cebolla que estás picando y los ojos, evitando, o reduciendo en gran medida, que el liquido que saca la primera y que provoca las lágrimas y el picor llegue hasta los segundos. También puedes, claro, ponerte gafas de natación, pero en ese caso te arriesgas a parecer un(a) alucinao(ada)  y no tendrás ni la gracia ni el porte airoso de mi querida tía la mondonguera. 

 

 

 

 

5 - LA CARRACA

 

 

En los años 50-60 la vida cotidiana se veía muy afectada con la llegada de la Semana Santa. Por la radio solo se emitía música clásica y la televisión ponía reportajes, procesiones y películas de romanos, entre las que no podían faltar “Ben Hur” y “Los 10 mandamientos», todo en blanco y negro y ¡con mucha nieve! Debía dominar el silencio y el recogimiento y todo lo alegre o festivo estaba mal visto.

Las reglas de la liturgia de la iglesia eran más severas y estrictas que ahora: no se podía comer carne, se tapaban los santos de las iglesias con telas moradas y del Jueves Santo al Domingo de Resurrección enmudecían las campanas al considerarse su sonido demasiado alegre.

La llamada a los oficios religiosos se hacía en muchos lugares con las carracas, o matracas, instrumentos musicales de percusión de sonido seco y no muy agradable, de ahí la expresión “dar la matraca”. Fueron traídas por los árabes a Europa en la Edad Media y han tenido múltiples usos a lo largo de la historia: como instrumento con la música folclórica popular o clásica, para identificar a los que hacían oficios ambulantes, para ritmar la pisa de la uva…

Sin embargo, en Eslava esa función se hacia con el caracol, o caracola, del que hablaremos otro día. Las carracas las tocábamos los chicos el día de Jueves Santo por las calles del pueblo llamando a cada puerta para pedir dinero y “aujicas” (alfileres) para sujetar las telas que cubrían el Monumento levantado en honor al Santísimo en la iglesia. Tradición que nuestra asociación va a recuperar este Jueves Santo.

Cuenta Mikel Burgui (en su interesantísimo blog -ujue-uxue.blogspot.com/-) que en Ujué la canción de las aujicas terminaba con “¡Maldita sea la gente que se queda sin confesar!” Nosotros no mostrábamos tan poca caridad cristiana con los poco piadosos, pero nos cebábamos, sin embargo, con las puertas de las casas que no nos querían abrir, golpeándolas con fuerza con las carracas. Las marcas de pintura que dejaban en las carracas las puertas atacadas eran como las muescas en las culatas de los revólveres de los vaqueros en las películas del Oeste, que tanto nos gustaban.

Después de la ronda nos repartíamos el botín y jugábamos en el frontón al famoso juego de las aujicas. Este juego, que tenía la peculiaridad de que solo lo practicábamos una vez al año, el día de Jueves Santo, consistía en hacer un montoncico de arena en el que cada jugador ponía dentro, un número determinado de alfileres, luego cada uno tiraba por turno una piedra lisa, como las de jugar al piso, deslizándola por el suelo, a una distancia de 10 ó 15 metros, y si le pegaba con ella al montón de arena ganaba las agujas que había descubierto.

 

Próxima entrega: Objeto n° 6 “El caracol”. ¡No te la pierdas!