CUENTOS  "MEGALíticos"

Justo después de haber decidido la configuración final del sitio 1 del Paseo Megalítico, con sus 5 elementos y su nombre, nos enteramos por casualidad de la existencia de un cuento oriental llamado «La ciudad de los cinco cipreses». Sorprendidos agradablemente por la curiosa coincidencia decidimos  escribir  una nueva versión en la que hemos querido reflejar algunos de los valores que nos animan.

 

¿Y por qué no continuar escribiendo más cuentos relacionados con cada uno de los otros sitios?

 

Si te gusta escribir y te tienta la idea, nosotros encantados de que participes.  Queremos que este sitio Web sea lo más abierto y colaborativo posible

 

EL  PUEBLO  DE  LOS  CINCO  CIPRESES

Había, hace muchos años, un hombre que vivía en un país muy lejano. No era un hombre rico. Tampoco era un hombre pobre. Era un hombre normal con una vida también normal. Y este hombre tuvo un sueño.

 

Soñó que un pájaro se posaba en su ventana y le decía: "Hay un tesoro esperándote en el pueblo de los cinco cipreses". Pero cuando el hombre abrió la boca, para preguntar qué pueblo era ese, espantó al pájaro y al sueño. Entonces se despertó.

 

Preguntó a todos los que conocía si podían darle noticias del misterioso pueblo. Pero nadie había oído hablar de él. Así, dándose cuenta de que si no se decidía  jamás llegaría a donde ya sentía necesidad imperiosa de ir, vendió su casa, su huerto y sus pocos bienes restantes, metió el dinero en una bolsa de cuero que ató a su cintura y, montando su caballo, partió.

 

Escogió la dirección del sol naciente, diciéndose a sí mismo que ver el sol surgir  todas las mañanas sería como si una fortuna también estuviese surgiendo para él cada día. Y a la par que el sol, se levantó al día siguiente para recorrer llanuras, subir montañas, atravesar ríos y lagos.

Pero del pueblo ni rastro.

 

Sin embargo, el pájaro le había hablado de él en su sueño. Por eso continuó su búsqueda durante largos años a pesar de los peligros, del calor y del frío. Y he aquí que un día, cuando ya empezaba a estar  bastante descorazonado, de madrugada, cuando el sol le acariciaba el rostro con sus dedos todavía tibios, vio recortarse en el horizonte, en las faldas de una colina, unas siluetas negras y altas como torres. Rígidas siluetas de cipreses. 

 

Apenas podía distinguirlas, sumergidas en la ofuscante luz algo amenazante que se divisaba a lo lejos como una neblina. Aun así, su corazón pareció lanzarse sobre ellas, y el caballo se estremeció bajo el brusco tirón de las riendas.

 

Galoparon, galoparon y galoparon.

 

El caballo espumeaba y el cabello del hombre se le pegaba en la frente, cuando finalmente llegaron a la colina. El sol ahora ya estaba casi poniéndose, y en la gastada luz del día, el hombre pudo contemplar la figura de cinco majestuosos cipreses.

 

Sin embargo, allí no se veía pueblo por ningún lado. Angustiado, dio la vuelta a la colina, subió a su cima, buscó por todas partes, pero nada. A pesar de estar agotado por la cabalgada, intentó, ya casi a oscuras, encontrar ruinas o restos de algún antiguo poblado, aunque solo fuese un montón de piedras abandonadas. Todo en vano.

 

Finalmente, exhausto y resignado decidió acostarse al pie de los cipreses.

Durmió profundamente durante muchas horas y cuando se despertó vio que el lugar era muy agradable, con vistas muy bellas y rodeado de árboles y campos verdes. Y comprobó también que sentía dentro de él una paz y una serenidad que nunca antes había experimentado. Así, el hombre tomó la decisión de quedarse allí algunos días durante los cuales estuvo reflexionando sobre su vida anterior y sobre lo feliz que había sido en el transcurso de su largo viaje, animado por la ilusión de encontrar el tesoro, y eso a pesar de las muchas penalidades que había sufrido.

 

Comprendió que aunque no había encontrado el tesoro, había descubierto lo que realmente quería de la vida.

 

Poco a poco, el hombre llego a otra conclusión que cada vez le parecía más evidente: no debía guardar para él solo lo que había aprendido durante su viaje, tenía que compartirlo con otros. Y para ello decidió construir un pueblo sobre la colina en el que reinaría un estilo de vida sano, sencillo y sin ostentación ni lujo.

 

Y así ocurrió. Otras personas, atraídas por la fama de sabio del hombre y la hermosura del lugar, llegaron y le ayudaron  a construir un bello pueblo donde la gente era agradable y sonriente y siempre estaban ayudándose  unos a otros.

 

Aquí, amable lector, debo excusarme por haber olvidado, por culpa de mi mala memoria, el nombre completo que le pusieron al pueblo. Por mucho que me esfuerzo, solo consigo acordarme de que empieza por « E » y acaba por « a ».

 

El hombre murió tras una larga y feliz vida. Pero nunca supo que enterrado en las entrañas de la tierra, bien custodiado por las raíces de los cinco cipreses, se hallaba, y probablemente se halla todavía hoy, un cofre repleto de relucientes monedas de oro y de plata.

 

Y colorín, colorado...